Una llanta más grande no cambia cómo anda el coche. Cambia lo que gasta, lo que cuesta y, si es eléctrico, hasta dónde llega. Y se puede medir sin estimar nada.
No hace falta ningún modelo ni ninguna teoría: el catálogo trae el experimento hecho. Muchas gamas venden exactamente el mismo coche, con el mismo motor, la misma potencia y el mismo peso, con dos llantas distintas — y el fabricante publica el consumo homologado de cada una. La diferencia entre esas dos cifras es la rueda y nada más.
Se exige el mismo peso a propósito: sin eso, la cuenta mezclaría la llanta con el equipamiento del acabado alto, que es otra cosa. Los híbridos enchufables se quedan fuera porque su consumo homologado es una ficción contable.
Estos son los casos en los que más se nota, todos con el mismo motor y el mismo peso. En un eléctrico, además, ese consumo de más es autonomía que desaparece.
Dentro de una misma gama, la misma mecánica se vende a precios muy distintos. Lo que cambia entre la versión de acceso y la de arriba no es cómo anda: son molduras, llantas, tapicería y pantallas.
Una llanta grande no es gratis tres veces: se paga al comprarla, se paga cada vez que repostas o cargas, y se paga al cambiar los neumáticos, que son más anchos y más caros. Y en un eléctrico se paga una cuarta: en kilómetros que ya no haces.
Nada de esto dice que no compres las llantas grandes. Dice lo que valen, que es distinto — y que en la ficha de tu coche tienes el número exacto.